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| El Gran Cronopio |
Jamais réel et toujours vrai
(En un
dibujo de Antonin Artaud)
Siempre
seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el
comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega
verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una
coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo.
Esto puede
entenderse metafóricamente pero apunta en todo caso a un temperamento que no ha
renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa
yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al
humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de
elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no
estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida
y en las que somos a la vez araña y mosca.
Mucho de
lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una
clara diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en
mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que
precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia,
por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando
a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles
tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue
firme.
Esta
especie de constante lúdica explica, sino justifica, mucho de lo que he escrito
o he vivido. Se reprocha a mis novelas —ese juego al borde del balcón, ese
fósforo al lado de la botella de nafta, ese revólver cargado en la mesa de luz-
una búsqueda intelectual de la novela misma, que sería así como un continuo
comentario de la acción y muchas veces la acción de un comentario. Me aburre
argumentar a posteriori que a lo largo de esa dialéctica mágica un hombre-niño
está luchando por rematar el juego de su vida: que sí, que no, que en ésta está. Porque un juego, bien mirado, ¿no
es un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un
emplazamiento —golf, jaque mate, piedra libre? ¿No es el cumplimiento de una
ceremonia que marcha hacia la fijación final de la corona?
El hombre
de nuestro tiempo cree fácilmente que su información filosófica e histórica lo
salva del realismo ingenuo. En conferencias universitarias y en charlas de café
llega a admitir que la realidad no es lo que parece, y está siempre dispuesto a
reconocer que sus sentidos lo engañan y que su inteligencia le fabrica una
visión tolerable pero incompleta del mundo. Cada vez que piensa metafísicamente
se siente "más triste y más sabio", pero su admisión es momentánea y
excepcional mientras que el continuo de la vida lo instala de lleno en la
apariencia, la concreta en torno de él, la viste de definiciones, funciones y
valores. Ese hombre es un ingenuo realista más que un realista ingenuo. Basta
observar su comportamiento frente a lo excepcional, lo insólito; o lo reduce a
fenómeno estético o poético ("era algo realmente surrealista, te
juro") o renuncia en seguida a indagar en la entrevisión que han podido
darle un sueño, un acto fallido, una asociación verbal o causal fuera de lo
común, una coincidencia turbadora, cualquiera de las instantáneas fracturas del
continuo. Si se lo interroga, dirá que no cree del todo en la realidad
cotidiana y que sólo la acepta pragmáticamente. Pero vaya si cree, es en lo
único que cree. Su sentido de la vida se parece al mecanismo de su mirada. A
veces tiene una efímera conciencia de que cada tantos segundos los párpados
interrumpen la visión que su conciencia ha decidido entender como permanente y
continua; pero casi de inmediato el pestañeo vuelve a ser inconsciente, el libro
o la manzana se fijan en su obstinada apariencia. Hay como un acuerdo de
caballeros entre la circunstancia y los circunstanciados: tú no me sacas de mis
costumbres, y yo no te ando escarbando con un palito. Pero ahora pasa que el
hombre-niño no es un caballero sino un cronopio que no entiende bien el sistema
de líneas de fuga gracias a las cuales se crea una perspectiva satisfactoria de
esa circunstancia, o bien, como sucede en los collages mal resueltos, se siente en una escala diferente con
respecto a la de la circunstancia, una hormiga que no cabe en un palacio o un
número cuatro en el que no caben más que tres o cinco unidades. A mí esto me
ocurre palpablemente, a veces soy más grande que el caballo que monto, y otros
días me caigo en uno de mis zapatos y me doy un golpe terrible, sin contar el
trabajo para salir, las escalas fabricadas nudo a nudo con los cordones y el
terrible descubrimiento, ya en el borde, de que alguien ha guardado el zapato
en un ropero y que estoy peor que Edmundo Dantés en el castillo de If porque ni
siquiera hay un abate a tiro en los roperos de mi casa.
Y me
gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo
amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje
verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del
lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día
más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados
esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro,
el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de
felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío
excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su
matrícula, y desde luego que no era fácil; pero pronto descubrí los gatos, en
los que podía imaginar mi propia condición, y los libros donde la encontraba de
lleno. En esos años hubiera podido decirme los versos quizá apócrifos de Poe:
From childhood's hour I have
not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not
bring
My passions from a common
spring—
Pero lo que para el virginiano era un estigma (luciferino, pero por ello mismo
montruoso) que lo aislaba y condenaba,
And all I loved, I loved alone
no me divorció de aquellos cuyo redondo universo sólo tangencialmente
compartía. Hipócrita sutil, aptitud para todos los mimetismos, ternura que
rebasaba los límites y me los disimulaba; las sorpresas y las aflicciones de la
primera edad se teñían de ironía amable. Me acuerdo: a los once años presté a
un camarada El secreto de Wilhelm
Storitz, donde Julio Verne me proponía como siempre un comienzo natural y
entrañable con una realidad nada desemejante a la cotidiana. Mi amigo me
devolvió el libro: "No lo terminé, es demasiado fantástico." Jamás
renunciaré a la sorpresa escandalizada de ese minuto. ¿Fantástica, la
invisibilidad de un hombre? Entonces, ¿sólo en el fútbol, en el café con leche,
en las primeras coincidencias sexuales podíamos encontrarnos?
Adolescente,
creí como tantos, que mi continuo extrañamiento era el signo anunciador del
poeta, y escribí los poemas que se escriben entonces y que siempre son más
fáciles de escribir que la prosa a esa altura de la vida que repite en el
individuo las fases de la literatura. Con los años descubrí que si todo poeta
es un extrañado, no todo extrañado es poeta en la acepción genérica del
término. Entro aquí en terreno polémico, recoja el guante quien quiera. Si por
poeta entendemos funcionalmente al que escribe poemas, la razón de que los
escriba (no se discute la calidad) nace de que su extrañamiento como persona
suscita siempre un mecanismo de challenge
and response; así cada vez que el poeta es sensible a su lateralidad, a
situación extrínseca en una realidad aparentemente intrínseca, reacciona
poéticamente (casi diría profesionalmente, sobre todo a partir de su madurez
técnica); dicho de otra manera, escribe poemas que son como petrificaciones de
ese extrañamiento, lo que el poeta ve o siente en lugar de, o al lado de, o por
debajo de, o en contra de, remitiendo este de
a lo que los demás ven tal como creen que es, sin desplazamiento ni crítica
interna. Dudo de que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa
extrañeza o que no la traduzca; más aún, que no la active y la potencie al
sospechar que es precisamente la zona intersticial por donde cabe acceder. También el filósofo se extraña
y se descoloca deliberadamente para descubrir las fisuras de lo aparencial, y
su búsqueda nace igualmente de un challenge
and response; en ambos casos, aunque los fines sean diferentes, hay una
respuesta instrumental, una actitud técnica frente a un objeto definido.
Pero ya se
ha visto que no todos los extrañados son poetas o filósofos profesionales. Casi
siempre empiezan por serlo o por querer serlo, pero llega el día en que se dan
cuenta de que no pueden o que no están obligados a esa response casi fatal que es el poema o la filosofía frente al challenge del extrañamiento. Su actitud
se vuelve defensiva, egoísta si se quiere puesto que se trata de preservar por
sobre todo la lucidez, resistir a la solapada deformación que la cotidianeidad
codificada va montando en la conciencia con la activa participación de la
inteligencia razonante, los medios de información, el hedonismo, la arterioesclerosis
y el matrimonio inter alia. Los
humoristas, algunos anarquistas, no pocos criminales y cantidad de cuentistas y
novelistas se sitúan en este sector poco definible en el que la condición de
extrañado no acarrea necesariamente una respuesta de orden poético. Estos
poetas no profesionales sobrellevan su desplazamiento con mayor naturalidad y
menor brillo, y hasta podría decirse que su noción del extrañamiento es lúdica
por comparación con la respuesta lírica o trágica del poeta. Mientras éste libra
siempre un combate, los extrañados a secas se integran en la excentricidad
hasta un punto en que lo excepcional de esa condición, que suscita el challenge para el poeta o el filósofo,
tiende a volverse condición natural del sujeto extrañado, que así lo ha querido
y que por eso ha ajustado su conducta a esa aceptación paulatina. Pienso en
Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, de familiaridad, que
termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la
diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso
cotidiano, sin response concreta
porque ya no hay challenge, a un
plano que a falta de mejor nombre seguiremos llamando realidad pero sin que sea
ya un flatus vocis o un peor es
nada.