jueves, 24 de mayo de 2012

Carta de Kropotkin a Lenin

Piotr Kropotkin
Dmitrov, 4 de marzo de 1920

Estimado Vladimir Illich Lenin:

Bastantes empleados del Departamento Postal y Telegráfico han venido a mí con la petición de que ponga su atención la información sobre su desesperada situación. Puesto que este problema no sólo concierne al Comisariado de Correos y Telégrafos únicamente, sino también a la condición general de la vida cotidiana en Rusia, me he apresurado a transmitir su demanda.
Usted sabe, por supuesto, que vivir en el Distrito de Dmitrov con el salarlo que estos empleados reciben es absolutamente imposible. Es imposible siquiera comprar un kilo de papas con él; sé de esto por mi experiencia personal. A cambio, ellos piden jabón y sal de los que no hay nada. Desde que el precio de la harina subió, es imposible comprar ocho libras de grano y cinco libras de trigo.
Resumiendo, sin recibir provisiones, los empleados están condenados a una muy real hambruna. Entre tanto, paralelamente al alza de precios, las magras provisiones que los empleados de Correo y Telégrafo han recibido del Centro de Abastecimiento del Comisariado de Correo y Telégrafo, mismas que fueron acordadas en referencia al decreto del 15 de agosto de 1918: ocho libras de trigo por empleado y cinco libras más por cada miembro de la familia incapaz de trabajar, no han sido enviadas de dos meses a la fecha. Los centros locales de abasto no pueden distribuir sus provisiones, y la petición que los ciento veinticinco empleados del área de Dmitrov han hecho a Moscú, continúa sin respuesta. Hace un mes, uno de los empleados le escribió a usted personalmente, pero hasta ahora no ha recibido respuesta.
Considero un deber el dar testimonio de que la situación de estos empleados es verdaderamente desesperada. Eso es obvio al ver sus rostros. Muchos se están preparando para dejar su hogar sin saber a donde ir. Y entre tanto, es justicia señalar que realizan su trabajo conscientemente; se han familiarizado con su trabajo, y perder tales trabajadores no será útil para la vida de la comunidad local en ningún aspecto. Sólo añadiré que todas las categorías de empleados soviéticos en otras ramas del trabajo se encuentran en la misma desesperada situación.
En conclusión, no pude evitar mencionar algunos aspectos de la situación general al escribirle. Vivir en un gran centro como Moscú imposibilita conocer las verdaderas condiciones del país. El conocer verdaderamente las experiencias comunes implica que uno viva en las provincias, en contacto directo y cerca de la vida cotidiana con las necesidades y los infortunios de los famélicos adultos y niños que se acercan a las oficinas a demandar siquiera el permiso para poder adquirir una lámpara barata de queroseno. No tienen solución todas estas desventuras para nosotros ahora.
Es necesario acelerar la transición a condiciones más normales de vida. Nosotros no continuaremos de esta manera por mucho tiempo; vamos hacia una catástrofe sangrienta.
Una cosa es indiscutible. Aún si la dictadura del proletariado fuera un medio apropiado para enfrentar y poder derruir al sistema capitalista, lo que yo dudo profundamente, es definitivamente negativo, inadecuado para la creación de un nuevo sistema socialista. Lo que si es necesario son instituciones locales, fuerzas locales; pero no las hay, por ninguna parte. En vez de eso, dondequiera que uno voltea la cabeza hay gente que nunca ha sabido nada de la vida real, que está cometiendo los más graves errores por los que se ha pagado un precio de miles de vidas y la ruina de distritos enteros.
Sin la participación de fuerzas locales, sin una organización desde abajo de los campesinos y de los trabajadores por ellos mismos, es Imposible el construir una nueva vida.
Pareció que los soviets Iban a servir precisamente para cumplir esta función de crear una organización desde abajo. Pero Rusia se ha convertido en una República Soviética sólo de nombre. La Influencia dirigente del "partido" sobre la gente, "partido" que está principalmente constituido por los recién llegados -pues los ideólogos comunistas están sobre todo en las grandes ciudades-, ha destruido ya la influencia y energía constructiva que tenían los soviets, esa promisoria Institución. En el momento actual, son los comités del partido, y no los soviets, quienes llevan la dirección en Rusia. Y su organización sufre los defectos de toda organización burocrática.
Para poder salir de este desorden mantenido, Rusia debe retomar todo el genio creativo de las fuerzas locales de cada comunidad, las que, según yo lo veo, pueden ser un factor en la construcción de la nueva vida. Y cuando más pronto la necesidad de retomar este camino sea comprendida, cuanto mejor será La gente estará entonces dispuesta y gustosa a aceptar nuevas formas sociales de vida. Si la situación presen- te continúa, aún la palabra "socialismo" será convertí- da en una maldición. Esto fue lo que pasó con la concepción de "igualdad" en Francia durante los cuarenta años después de la dirección de los jacobinos.
Con camaradería y afecto.

Piotr Kropotkin

sábado, 10 de diciembre de 2011

Palabra transmutada… Poesía como existencia / Alfredo Silva Estrada


El Sensei, foto de Vasco Szinetar
Transmutación de la palabra poética enraizada en la existencia misma y como recurso extralimitado de existir: transgresión de límites.
Oficio vivenciado como uno de nuestros actos más comprometedores de fusionar tiempo y espacio en una presencia que, sin negar la impulsión ni los estratos del pasado, aspira a ser incesantemente nueva, gravitante de ausencias.
Extremado ejercicio de existir (deslimitarse en cada asunción de nuestro ser limitado) con todos sus riesgos y retos, obstáculos provocados o fatales, exaltaciones en camino y repetidos enfrentamientos al fracaso.
Poesía como experiencia y no como sola experimentación formal, porque su material (el lenguaje) sólo es manipulable en la medida en que continuará siendo naciente e incitantemente elusivo.
Dicción de lo que se ha llamado “los grandes lugares comunes del ser humano”: el amor, el júbilo, la conciencia de muerte… sentimientos universales que desde siempre han sido dichos, que siempre quedan por decir y que cada poeta, individualizándolos, los pronuncia con la intensidad de una primera vez.
Poesía como lenguaje de revelación y, al mismo tiempo y en un solo movimiento, revelación en el lenguaje… en un lenguaje.
Revelación ¿de qué? Precisamente, de lo que, en cierta forma y dentro de esa forma única, permanece en secreto y en insistente surgimiento porque nunca se agota al confiársenos.
La palabra del poeta recobra la fuerza original que impulsó el acto de nombrar el primer objeto, la primera sensación, el primer sentimiento… En las eclosiones de su devenir –de su aventura– la fulguración nominativa, inocente quizás en los comienzos, se va tornando más compleja, se va nutriendo de las oscuridades, del silencio, de las negaciones y hasta en ocasiones tiene que armarse de astucia para sobrevivir y afrontar o marginar todo aquello que le adversa.
Cotidianamente, el poder primigenio de la nominación reveladora corre el peligro de debilitarse o de ser confundido por y con la función del lenguaje utilitario. A contracorriente de la cultura misma, que aun sin proponérselo trata de reprimir con sus rigideces institucionalizadas el impulso originario que nos hace vivir en y por la poesía, corresponde a cada poeta, inquieto morador de esa parcela de “desconocido despertándose en su tiempo dentro del alma universal” (Rimbaud), rescatar y defender contra hostilidades y sorderas la vitalidad subterránea, irrefrenablemente resurgente y a menudo estallante, de esa palabra que constituye su auténtica manera y más alto grado de existir.
Poetizar, pues, nunca alejado de lo vivido, pero que nunca se conforma con instalarse pasivamente en ese acopio. A partir y más allá de todas las vivencias, la poesía exige –el poeta se exige a sí mismo– una super-vivencia: el lugar sorprendente del poema con estructura propia que resista, hasta en sus vacilaciones y sus quiebras, todas las lecturas posibles.
Un poema sin germen, sin tuétano de vida, no es poema. Pero la vivencia misma, por profunda y signante que sea, no basta para crear un poema. Desde lo vivido del plano existencial, entre sus plenitudes fugaces y frecuentes derrotas, a través del misterioso proceso de la escritura-autolectura, braceo entre tachaduras y asentimientos u holgado fluir después de una tácita y dilatada espera sin tiempo cronológico, el poeta engendra la super-vivencia de la estructura poemática: una vivencia nueva, cargada, para ser vivida por otros; una hechura, fundamentada sobre el tiempo existencial, pero medularmente construida por esa conjunción insólita de tiempo y espacio que nos hace habitar durante instantes privilegiados una presencia infinitamente abierta, abriéndose hacia su propia comunicación inagotable.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Fútbol - Blanca Varela

Blanca Varela
juega con la tierra
como con una pelota

báilala
estréllala
reviéntala

no es sino eso la tierra
tú en el jardín
mi guardavalla mi espantapájaros
mi atila mi niño

la tierra entre tus pies
gira como nunca
prodigiosamente bella

lunes, 21 de noviembre de 2011

Del sentimiento de no estar del todo - Julio Cortázar

El Gran Cronopio
Jamais réel et toujours vrai
(En un dibujo de Antonin Artaud)

Siempre seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo.
Esto puede entenderse metafóricamente pero apunta en todo caso a un temperamento que no ha renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca.
Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme.
Esta especie de constante lúdica explica, sino justifica, mucho de lo que he escrito o he vivido. Se reprocha a mis novelas —ese juego al borde del balcón, ese fósforo al lado de la botella de nafta, ese revólver cargado en la mesa de luz- una búsqueda intelectual de la novela misma, que sería así como un continuo comentario de la acción y muchas veces la acción de un comentario. Me aburre argumentar a posteriori que a lo largo de esa dialéctica mágica un hombre-niño está luchando por rematar el juego de su vida: que sí, que no, que en ésta está. Porque un juego, bien mirado, ¿no es un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un emplazamiento —golf, jaque mate, piedra libre? ¿No es el cumplimiento de una ceremonia que marcha hacia la fijación final de la corona?
El hombre de nuestro tiempo cree fácilmente que su información filosófica e histórica lo salva del realismo ingenuo. En conferencias universitarias y en charlas de café llega a admitir que la realidad no es lo que parece, y está siempre dispuesto a reconocer que sus sentidos lo engañan y que su inteligencia le fabrica una visión tolerable pero incompleta del mundo. Cada vez que piensa metafísicamente se siente "más triste y más sabio", pero su admisión es momentánea y excepcional mientras que el continuo de la vida lo instala de lleno en la apariencia, la concreta en torno de él, la viste de definiciones, funciones y valores. Ese hombre es un ingenuo realista más que un realista ingenuo. Basta observar su comportamiento frente a lo excepcional, lo insólito; o lo reduce a fenómeno estético o poético ("era algo realmente surrealista, te juro") o renuncia en seguida a indagar en la entrevisión que han podido darle un sueño, un acto fallido, una asociación verbal o causal fuera de lo común, una coincidencia turbadora, cualquiera de las instantáneas fracturas del continuo. Si se lo interroga, dirá que no cree del todo en la realidad cotidiana y que sólo la acepta pragmáticamente. Pero vaya si cree, es en lo único que cree. Su sentido de la vida se parece al mecanismo de su mirada. A veces tiene una efímera conciencia de que cada tantos segundos los párpados interrumpen la visión que su conciencia ha decidido entender como permanente y continua; pero casi de inmediato el pestañeo vuelve a ser inconsciente, el libro o la manzana se fijan en su obstinada apariencia. Hay como un acuerdo de caballeros entre la circunstancia y los circunstanciados: tú no me sacas de mis costumbres, y yo no te ando escarbando con un palito. Pero ahora pasa que el hombre-niño no es un caballero sino un cronopio que no entiende bien el sistema de líneas de fuga gracias a las cuales se crea una perspectiva satisfactoria de esa circunstancia, o bien, como sucede en los collages mal resueltos, se siente en una escala diferente con respecto a la de la circunstancia, una hormiga que no cabe en un palacio o un número cuatro en el que no caben más que tres o cinco unidades. A mí esto me ocurre palpablemente, a veces soy más grande que el caballo que monto, y otros días me caigo en uno de mis zapatos y me doy un golpe terrible, sin contar el trabajo para salir, las escalas fabricadas nudo a nudo con los cordones y el terrible descubrimiento, ya en el borde, de que alguien ha guardado el zapato en un ropero y que estoy peor que Edmundo Dantés en el castillo de If porque ni siquiera hay un abate a tiro en los roperos de mi casa.
Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego que no era fácil; pero pronto descubrí los gatos, en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros donde la encontraba de lleno. En esos años hubiera podido decirme los versos quizá apócrifos de Poe:

From childhood's hour I have not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions from a common spring—

Pero lo que para el virginiano era un estigma (luciferino, pero por ello mismo montruoso) que lo aislaba y condenaba,

And all I loved, I loved alone

no me divorció de aquellos cuyo redondo universo sólo tangencialmente compartía. Hipócrita sutil, aptitud para todos los mimetismos, ternura que rebasaba los límites y me los disimulaba; las sorpresas y las aflicciones de la primera edad se teñían de ironía amable. Me acuerdo: a los once años presté a un camarada El secreto de Wilhelm Storitz, donde Julio Verne me proponía como siempre un comienzo natural y entrañable con una realidad nada desemejante a la cotidiana. Mi amigo me devolvió el libro: "No lo terminé, es demasiado fantástico." Jamás renunciaré a la sorpresa escandalizada de ese minuto. ¿Fantástica, la invisibilidad de un hombre? Entonces, ¿sólo en el fútbol, en el café con leche, en las primeras coincidencias sexuales podíamos encontrarnos?
Adolescente, creí como tantos, que mi continuo extrañamiento era el signo anunciador del poeta, y escribí los poemas que se escriben entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa a esa altura de la vida que repite en el individuo las fases de la literatura. Con los años descubrí que si todo poeta es un extrañado, no todo extrañado es poeta en la acepción genérica del término. Entro aquí en terreno polémico, recoja el guante quien quiera. Si por poeta entendemos funcionalmente al que escribe poemas, la razón de que los escriba (no se discute la calidad) nace de que su extrañamiento como persona suscita siempre un mecanismo de challenge and response; así cada vez que el poeta es sensible a su lateralidad, a situación extrínseca en una realidad aparentemente intrínseca, reacciona poéticamente (casi diría profesionalmente, sobre todo a partir de su madurez técnica); dicho de otra manera, escribe poemas que son como petrificaciones de ese extrañamiento, lo que el poeta ve o siente en lugar de, o al lado de, o por debajo de, o en contra de, remitiendo este de a lo que los demás ven tal como creen que es, sin desplazamiento ni crítica interna. Dudo de que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa extrañeza o que no la traduzca; más aún, que no la active y la potencie al sospechar que es precisamente la zona intersticial por donde cabe acceder. También el filósofo se extraña y se descoloca deliberadamente para descubrir las fisuras de lo aparencial, y su búsqueda nace igualmente de un challenge and response; en ambos casos, aunque los fines sean diferentes, hay una respuesta instrumental, una actitud técnica frente a un objeto definido.
Pero ya se ha visto que no todos los extrañados son poetas o filósofos profesionales. Casi siempre empiezan por serlo o por querer serlo, pero llega el día en que se dan cuenta de que no pueden o que no están obligados a esa response casi fatal que es el poema o la filosofía frente al challenge del extrañamiento. Su actitud se vuelve defensiva, egoísta si se quiere puesto que se trata de preservar por sobre todo la lucidez, resistir a la solapada deformación que la cotidianeidad codificada va montando en la conciencia con la activa participación de la inteligencia razonante, los medios de información, el hedonismo, la arterioesclerosis y el matrimonio inter alia. Los humoristas, algunos anarquistas, no pocos criminales y cantidad de cuentistas y novelistas se sitúan en este sector poco definible en el que la condición de extrañado no acarrea necesariamente una respuesta de orden poético. Estos poetas no profesionales sobrellevan su desplazamiento con mayor naturalidad y menor brillo, y hasta podría decirse que su noción del extrañamiento es lúdica por comparación con la respuesta lírica o trágica del poeta. Mientras éste libra siempre un combate, los extrañados a secas se integran en la excentricidad hasta un punto en que lo excepcional de esa condición, que suscita el challenge para el poeta o el filósofo, tiende a volverse condición natural del sujeto extrañado, que así lo ha querido y que por eso ha ajustado su conducta a esa aceptación paulatina. Pienso en Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, de familiaridad, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano, sin response concreta porque ya no hay challenge, a un plano que a falta de mejor nombre seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Manual de poesía nueva – Mark Strand

Mark Strand

Para Greg Orr y Greg Simon
1      Si un hombre entiende un poema,
tendrá dificultades.
2      Si un hombre vive con un poema,
morirá solitario.
3      Si un hombre vive con dos poemas,
le será infiel a uno.
4      Si un hombre concibe un poema,
tendrá un hijo menos.
5      Si un hombre concibe dos poemas,
tendrá dos hijos menos.
6      Si un hombre lleva puesta una corona cuando escribe,
será descubierto.
7      Si un hombre no lleva puesta una corona cuando escribe,
no engañará a nadie salvo a sí mismo.
8      Si un hombre se enfurece en un poema,
será despreciado por los demás hombres.
9      Si un hombre sigue enfurecido en un poema,
será despreciado por las mujeres.
10  Si un hombre acusa públicamente a la poesía,
sus zapatos se llenarán de orines.
11  Si un hombre renuncia a la poesía por el poder,
tendrá mucho poder.
12  Si un hombre alardea de sus poemas,
será amado por los tontos.
13  Si un hombre alardea de sus poemas y ama a los tontos,
no escribirá más.
14  Si un hombre reclama atención por sus poemas,
será como un asno en el claro de luna.
15  Si un hombre escribe un poema y alaba el poema de un amigo,
tendrá una amante muy hermosa.
16  Si un hombre escribe un poema y alaba en exceso el poema de un amigo,
ahuyentará a su amante.
17  Si un hombre se arriesga por el poema de otro,
su corazón crecerá el doble de tamaño.
18  Si un hombre deja a sus poemas ir desnudos,
tendrá miedo a la muerte.
19  Si un hombre tiene miedo a la muerte,
será salvado por sus poemas.
20  Si un hombre no tiene miedo a la muerte,
podrá ser salvado o no por sus poemas.
21  Si un hombre termina un poema,
se bañará en la estela vacía de su pasión, será besado por la página blanca.

lunes, 24 de octubre de 2011

Una de Jack Spicer

Querido Lorca,

Me gustaría hacer poemas de objetos reales. Que el limón fuera un limón que el lector pudiera cortar o exprimir o saborear –un limón real como el papel periódico en un collage es un papel periódico real. Me gustaría que la luna en mis poemas fuera una luna real, una que pudiera de improvisto ser cubierta por una nube que no tiene nada que ver con el poema- una luna completamente independiente de imágenes. La imaginación representa lo real. Me gustaría apuntar hacia lo real, revelarlo, hacer un poema que no tenga sonido salvo el señalamiento con un dedo.
Ambos tratamos de ser independientes de las imágenes (tú desde el principio y yo solo cuando fui lo suficientemente viejo como para cansarme de estar tratando de conectar las cosas), de hacer las cosas visibles más que hacer representaciones de ellas (phantasia non imaginari). Qué fácil es en las cavilaciones eróticas o en la más verdadera imaginación de un sueño inventar a un hermoso muchacho. Qué difícil tomar a un muchacho de traje de baño azul que observé tan casualmente como se observa a un árbol y hacerlo visible en el poema como un árbol es visible, no como una imagen o una representación sino como algo vivo –capturado para siempre en la estructura de las palabras. Lunas vívidas, limones vívidos, muchachos vívidos en trajes de baño. El poema es un collage de lo real.
Pero las cosas decaen, argumenta la razón. Las cosas reales se convierten en basura. El pedazo de limón que barnizas al lienzo comienza a convertirse en un molde, los periódicos hablan de unos increíblemente viejos eventos en jerga olvidada, el muchacho se convierte en abuelo. Sí, pero la basura de lo real aún se extiende en el mundo corriente haciendo sus objetos, a la vez, visible –el limón llama al limón, el periódico al periódico, el muchacho al muchacho. Así como las cosas decaen ellas traen sus equivalentes a la existencia.
Las cosas no conectan; corresponden. Eso es lo que hace posible a un poeta traducir objetos reales, traerlos a través del lenguaje tan fácilmente como puede traerlos a través del tiempo. Ese árbol que tú viste en España es un árbol que yo nunca podría haber visto en California, ese limón tiene un aroma diferente y un sabor diferente, PERO la respuesta es esta –en cualquier lugar y en cualquier ocasión tienes un objeto real para corresponder con tu objeto real- ese limón puede convertirse en este limón, o incluso pudiera convertirse en este pedazo de alga marina, o este particular tono de gris en este océano. Uno no necesita imaginar ese limón; uno necesita descubrirlo.
Incluso estas letras. Ellas corresponden con algo (no sé con qué) que tú has escrito (quizás de la misma manera no aparente como este limón corresponde con ese pedazo de alga marina) y, a la vez,  algún futuro poeta escribirá algo que corresponda con ello. Así es como los hombres muertos nos escribimos los unos a los otros.
                                                                                                            Con amor,
                                                                                                            Jack


de After Lorca (1957) 

jueves, 4 de agosto de 2011

Caracas tiene cuerpo de mujer

I
Hay que estar dispuesto a entregarse: la ciudad es nuestra amante más cercana. En ella vivimos y en ella somos. La forma de nuestros cuerpos se trazan por el erotismo de nuestra querida y violenta Caracas. Nos toma como si estuviéramos presos de su despecho, de sus incontrolables celos, de su manía seductora. La castidad no está permitida. Nos roba en la noche, espacio y tiempo de confluencias y orgía. La realidad se borra en cada esquina, dando paso a la ilusión fatal. Y, así, paseamos en una ciudad que no nos deja pasear; la carne se convierte en el objeto de seducción del asfalto. Y la quimera del erotismo, lo sabemos, es la muerte. Sí, hay que estar dispuesto a entregarse.
II
Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes.
Lawrence Durrell
La frase de Durrell nos acerca a un particular acercamiento de la citaneidad. Un hombre posa su mirada en una mujer. Ella siente que sus ojos acarician su cuerpo, ya excitado. Se acercan, atraídos por el magma del deseo. Un mundo nace cuando dos se besan, como dice Octavio Paz. Se tocan entre sudores, frotan la humanidad de sus opuestos, se respiran en la piel, se besan las almas: ya no hay soledad. Lo que empieza como calvario individual se transforma en sonata de éxtasis. Esto es hacer el amor: fusión y metamorfosis de las soledades. El hombre y la mujer terminan, con un sabor de mango en la boca. Entre parpadeos, se han dado cuenta simultáneamente de que uno ha sido tallado por el otro. Cesa el entremiro y abren los ojos, miran a su alrededor. El descubrimiento. Bacanal. Hombres y mujeres en las calles simulando el acto que a ellos unió. Se dan cuenta de lo que pasa en nuestra querida y violenta Caracas; y esto es la ciudad: todos somos ciudad.
III
La ciudad siempre está dispuesta a murmurar.
Lawrence Durrell
Caracas es un valle en el que el falso proscrito y el tímido ángel transitan bajo una misma sombra. Hay un inmenso verde que se despide eternamente desde el norte. El Ávila es la contestación de que, después de todo, no sólo morimos de smog y balas perdidas: la naturaleza, aparente fantasma de nuestra ciudad, maneja nuestro adiós al mundo a su antojo. El miedo y la alegría, la travesía y la inmovilidad, el despecho y el éxtasis, absolutamente todo es posible en los bares y callejones de la ciudad. Tenemos la carta de identidad de la modernidad, todo lo sólido se desvanece en el aire, pero ese aire también somos nosotros, ese es nuestro sino, y la ciudad nos ama por aquello ello mismo que nos crea. Fieles, los practicantes de Caracas —aún en el exilio— son esculpidos por ella misma para seguir embriagándonos a través de sus venas. Estamos rodeados, seducidos, por el asfalto y el alto edificio. El valle nos murmura, altivo: “hagamos el amor”. La ciudad tiene cuerpo de mujer.


*Palabras leídas, en el marco de los 444 años del nacimiento de Caracas, durante el evento Las letras por la ciudad: nuestros escritores. La voz que se oye.